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Cómo perdonar a tu cónyuge tras el adulterio

Nota del editor: En 2002, Cindy Beall era una esposa felizmente casada con Chris. Llevaban nueve años juntos. Chris acababa de unirse al equipo de una iglesia cuando hizo una confesión que cambiaría sus vidas para siempre: había sido infiel con múltiples mujeres durante dos años y medio, era adicto a la pornografía, y existía la posibilidad de que una de esas mujeres estuviera esperando un hijo suyo.

Su incapacidad total para controlar su adicción dejó a Chris completamente quebrantado, humillado y arrepentido. Durante semanas de oración, Cindy sintió que Dios la llamaba a permanecer en su matrimonio. Lo siguiente son lecciones de su viaje para recuperar la confianza.

Es la pregunta que recibo cada semana de mujeres que intentan sobrevivir a la infidelidad: «¿Cómo aprendiste a confiar en él de nuevo?».

Y cada vez, les doy la misma respuesta honesta: «Todavía estoy aprendiendo».

Me encantaría darles una fórmula algebraica perfecta para restaurar la confianza. Pero eso no va a suceder. No porque mis notas en matemáticas fueran mediocres, sino porque la confianza y el perdón no existen en el mundo de los números. Nacen de la gracia, la misericordia y la sanidad de Dios.

No hace falta sufrir un adulterio para perder la confianza. Esta puede romperse de muchas formas. Aunque sigo en mi propio viaje de restauración con mi esposo, he aprendido cuatro principios vitales que quiero compartir contigo.

1. Confiar implica correr un riesgo

Mi esposo trabaja duro para recuperar mi confianza, pero yo todavía lucho. Mentiría si dijera lo contrario.

He llegado a una conclusión dura pero real: todos somos capaces de hacer cosas que jamás imaginamos. Por lo tanto, confiar en una persona siempre será un riesgo. Debemos aprender a confiar en la gente, sí, pero también debemos entender que las personas nos fallarán. Es parte de la vida.

Sin embargo, si ponemos nuestra confianza suprema en nuestro Padre Celestial, nunca seremos defraudados.

Hay una batalla mental en mi interior mientras me esfuerzo por confiar en mi esposo cada día. Es agotador. Pero cuanto más peleo esa batalla creyendo lo que Dios me ha mostrado, más fácil se vuelve. Me paro firme sobre lo único que es digno de confianza y que nunca falla: La Palabra de Dios.

«Ciertamente, la palabra de Dios es viva y poderosa, y más cortante que cualquier espada de dos filos.» (Hebreos 4:12, NVI)

Hay poder en Sus palabras. Cuando las reclamamos, las creemos y nos paramos sobre ellas, encontramos paz.

2. Sustituye la ira por el perdón

Todos hemos sido heridos. No soy ajena al dolor que veo en los ojos de tanta gente. Podemos intentar encubrirlo y «superarlo», pero si no perdonamos verdaderamente, seremos individuos estancados, viviendo vidas cada vez más amargas. El perdón no es opcional; es esencial. Y es posible.

La Biblia es directa cuando se trata del perdón. Dios es el autor del perdón y haríamos bien en seguir Sus instrucciones:

«Porque, si perdonan a otros sus ofensas, también los perdonará a ustedes su Padre celestial. Pero, si no perdonan a otros sus ofensas, tampoco su Padre les perdonará a ustedes las suyas.» (Mateo 6:14-15, NVI)

Eso duele. Y mucho. Especialmente cuando has sido herida por alguien a quien has amado incondicionalmente. Parece una broma cruel que se nos pida «dejarlo pasar», ¿verdad?

Pero mira lo que dice Colosenses 3:13: «De modo que se toleren unos a otros y se perdonen si alguno tiene queja contra otro. Así como el Señor los perdonó, perdonen también ustedes».

Si conoces a Jesús, sabes que tienes una naturaleza pecaminosa. Si no reconocemos esa naturaleza, no reconoceremos nuestra necesidad de un Salvador. «Pero Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros» (Romanos 5:8, NVI).

Si realmente entendemos el perdón de Dios hacia nosotros, ¿podemos realmente retener nuestro perdón hacia quienes nos han herido?

3. Deja de «acariciar» tus heridas

Puede convertirse en una segunda naturaleza cuidar nuestras heridas con tanto esmero que comenzamos a identificarnos solo con la herida, y no con una vida de sanidad o restauración. Cuando algo nos recuerda el dolor, «alimentamos» la ofensa y nos estancamos. Es como si olvidáramos que nosotras también necesitamos un Salvador. Estamos tan ocupadas gritando: «¡Mira mi dolor!», que olvidamos entregárselo a Dios.

Romanos 3:23 dice: «por cuanto todos pecaron y están destituidos de la gloria de Dios».

Claro, yo no he sido infiel físicamente a mi esposo, pero también he pecado. Y cuando pecamos, no solo pecamos contra una persona; pecamos contra nuestro Padre Celestial.

Sé lo difícil que es esto. Soy profundamente consciente de cómo mi carne desea lanzarle el pecado de mi esposo en la cara cuando él se enoja conmigo por algo insignificante. Sé lo fácil que sería recordarle sus fracasos y asegurarme de que sepa cuán «perfecto» es mi historial marital en comparación con el suyo.

Pero reaccionar así nunca traerá el perdón.

4. No esperes hasta que sientas ganas de perdonar

Una de las partes más difíciles del perdón es que casi nunca sentimos ganas de hacerlo. El problema es que los sentimientos son engañosos y erráticos.

Aprendí hace mucho tiempo que rara vez «sientes» el camino hacia una acción positiva, pero puedes actuar para llegar a un mejor sentimiento.

Quizás no quieras levantarte a las cinco de la mañana para correr, pero lo haces de todos modos. Después, estás contenta de haber hecho el esfuerzo porque te sientes bien y tienes más energía. Hay una gran satisfacción en elegir hacer algo que tu carne te gritaba que no hicieras. Actuaste y el sentimiento siguió a la acción.

¿Cómo saber si estás sanando?

Los resultados del perdón se ven diferentes para cada uno. Algunas relaciones se restaurarán a pesar de la traición, y otras terminarán a causa de ella. La clave es asegurarte de que estás sanando de esta herida. No quieres vivir con un nudo en el estómago cada vez que piensas en esta persona.

Aquí hay una forma de saber que has sanado de una herida causada por otro: Dejas de sentir resentimiento contra tu ofensor.

Mi mentora dice: «Sabes que has sanado del dolor que causaron las acciones de otro cuando puedes mirar atrás a la situación y verla simplemente como un hecho, un dato histórico, sin la carga emocional».

Todos cometemos errores. Todos hemos hecho cosas de las que nos arrepentimos. Todos necesitamos perdón. Y todos necesitamos extender ese mismo perdón a los demás. No solo hoy, sino todos los días.

Es hora de perdonar.


Adaptado de «Healing Your Marriage When Trust is Broken». Copyright © 2011 por Cindy Beall. Publicado por Harvest House Publishers, Eugene, Oregon. Usado con permiso.