Diagnóstico: Agotamiento materno
Sentí que descendía rápidamente, con ferocidad.
¿Mis síntomas?
Agotada. Deprimida. Una sensación de futilidad (Te juro que acabo de vaciar este lavavajillas. Estoy limpiando una casa que nunca está limpia de verdad. Estoy tan cansada de ver la ropa sucia que tal vez debería dejar que corras en ropa interior la próxima semana).
Resentida (Hola. Por favor, no me pidas que haga nada por ti).
Irritable (¡No! ¡No puedes beber nada! Quiero decir, sí. [Suspiro]. Sí. Puedes beber algo).
Enferma con el mismo resfriado durante dos semanas.
Y la sensación de que mi lista de tareas no estaba facilitando mi vida; se estaba convirtiendo en mi vida.
Diagnóstico: Agotamiento (burnout).
Mucho trabajo y nada de juego estaban creando a una mamá muy gruñona. Había estado trabajando en una cosa u otra hasta las 10:30 la mayoría de las noches: doblando ropa; ayudando con esa pequeña tarea del ministerio donde trabajo; preparando actividades para mis hijos; respondiendo a peticiones de pequeños favores. Eso puede sonar muy noble de mi parte. Si es así, por favor lee el párrafo anterior.
Soy una madre que se queda en casa y que es voluntaria un día a la semana (técnicamente, aunque eso se extiende a los otros seis días, lo cual, a decir verdad, me gusta). Suma eso a las tareas del hogar, la educación en casa, la enseñanza en la escuela dominical, la escritura independiente, el amar a la gente, etc., etc. … y si no estuviera haciendo todo esto en casa, podrías acusarme de ser una adicta al trabajo.
No creo que esté sola. Mirando a mi alrededor, parece que las mujeres cristianas agotadas son la norma, y hasta cierto punto, admirada.
Pero mi esposo, mi protector perenne, no estaba dispuesto a quedarse de brazos cruzados mientras yo me mataba trabajando. Con palabras suaves, tanto extrañas como familiares, señaló: «Sabes, no puedes esperar que la gente diga que no por ti, o que no te pregunte. Si no puedes decir que no, tener demasiado que hacer es culpa tuya».
Cierto. Pero… de acuerdo. Es cierto.
Pero le expliqué, entre gestos y lágrimas, que me cuesta aceptar mi propio descanso y bienestar si decir “no” significa que otra persona se quede en una situación difícil, sin salida.
¿Por qué estoy haciendo esto?
Lo cual me llevó a la verdadera pregunta de por qué me estaba consumiendo. Sí, estaba excesivamente comprometida y trabajando arduamente por cosas buenas, incluso grandiosas. Pero, ¿por qué razón estaba haciendo esto?
Necesitaba pasar un tiempo intencional en oración. Estaba claro que necesitaba callar mi mente multitarea y permitir que Dios me mostrara lo que estaba pasando en mi corazón. ¿Cómo y por qué mi agenda había llegado al punto de ser autodestructiva? ¿Y destructiva, también, para las personas a las que trabajaba para servir, especialmente mi familia? A veces sentía agudamente la tensión de que, en mi afán por hacer todas las mejores cosas en cada categoría, terminaba perdiendo lo que era importante.
Muchas de las razones por las que parece que no puedo simplemente dejar de trabajar son muy buenas: Significativamente más demandas que recursos; el anhelo de servir a Dios con cada pedacito de los recursos que Él me ha dado; ayudar a la gente; querer ser la mujer de Proverbios 31 para mi familia, por nombrar algunas. Pero, como Pablo, «descubro esta ley: que cuando quiero hacer el bien, el mal está a mi alcance» — Romanos 7:21. Mis muy buenas razones se transforman, retorciéndose en condiciones de un corazón sin Dios que silenciosamente operan su destrucción en mí y en los que amo. Por ejemplo:
1. Me di cuenta de que permitir que mi lista de tareas diera vueltas hasta altas horas de la noche, almorzar de pie, estar constantemente en modo multitarea, etc., alimentaba mi complejo de mártir.
Es esa sensación extraña, pero equivocada, de creer que si estoy incómoda o sufro un poco, soy mejor persona.
En el Jardín del Edén y en el cielo no hay sufrimiento. No era parte del plan original de Dios para su creación. Desde que el pecado entró en el mundo, el sufrimiento forma parte de la realidad y Dios puede usarlo dentro de sus grandes propósitos.
Pero el sufrimiento no es un fin en sí mismo. Según lo entiendo, Dios no nos creó para buscar el sufrimiento, sino para buscar los propósitos que pueden surgir más allá de él.
2. Servir a los demás me hacía quedar bien.
Me colocaba en la posición de «dadora», en lugar del papel humilde de recibir. Marta y Pedro son mis compañeros de trabajo bíblicos en esto. Trabajar alimenta mi orgullo insaciable, mi justicia propia y mi deseo de respeto.
3. Estaba buscando validación en otras fuentes en lugar de buscarla solo en Dios.
Mi exceso de trabajo me hacía sentir más importante, más digna, más en control. De esa manera, subvierte el poder del evangelio en mi vida. Dependo de algo más para salvarme, algo que no sea la obra de Jesús para hacerme «salvable» a Sus ojos. Intento aportar algo más a la mesa en lugar de la gracia a través de la fe. Trabajar puede cimentar la idea de que me estoy ganando el favor de Dios, en lugar de que sea la obra de Cristo la que gane mi favor ante Dios.
4. Estaba trabajando por miedo, no confiando en la capacidad de Dios para proveer para mí.
Estaba olvidando Su capacidad de darme el tiempo que necesito para lograr lo que Él me ha pedido (y nada más). En realidad, cuando hago «más» de lo que Él pide, me estoy saliendo de Su voluntad. Estoy haciendo menos de lo que es mejor para mí. Mi labor puede convertirse en una preocupación activa, aunque en mi mente sea más bien una inquietud activa o un esfuerzo concertado. Esta es la preocupación de afanarse e hilar en lugar de confiar en que, al igual que hace con los lirios, Dios suplirá mis necesidades. Después de todo, cada día tiene ya sus propios problemas. Mi trabajo puede proceder del miedo en lugar de la fe.
Los efectos del exceso de trabajo
El problema es que afanarse puede convertirme en un profundo «hermano mayor», como el de la parábola del hijo pródigo. Es el carácter de alguien que carece de compasión, lleno de arrogancia y desprecio mientras trabajo bajo una carga de mi propia creación, algo parecido a la angustia de Marta hacia Jesús y su hermana María. Negarme el descanso puede impedirme sentarme a los pies de Jesús, por así decirlo. Me impide tomarme el tiempo para escuchar y disfrutar de Dios como lo hizo María.
El exceso de trabajo también me impedía disfrutar de algunos regalos verdaderamente grandes —mi familia—, así como del conocimiento de la bondad de Dios, el gozo puro de Él. Me he perdido momentos de oración, de risas, de disfrutar de mis hijos que nunca recuperaré en esta vida. He renunciado a oportunidades para las relaciones y para adorar a Dios, prefiriendo en cambio irritarme bajo una carga que yo misma he creado en Su Nombre. Incluso pongo en peligro lo que mis hijos piensan que es el éxito: «Bueno, para empezar, ¡tengo que estar ocupada!».
El mismo Dios que me creó para trabajar y cuidar de mi familia también se asocia repetidamente con el descanso. Él me ordena descansar, me creó para descansar no solo cada siete días, sino un tercio de cada día. Y tengo fama de no escuchar. El simple hecho de sentarme, haciendo poco más que saborear algo que Dios me creó para disfrutar, parece requerir un rollo resistente de cinta adhesiva (con una tira para mi boca… y otra para mi cerebro, si es que las fabrican).
Este fin de semana sentí que Dios me animaba, con suavidad, a dejar a un lado el montón de platos, la ropa limpia sin doblar, las escaleras sin aspirar y los correos sin responder. En vez de eso, jugué al escondite con mi familia, tomé una siesta y bailé un poco con mi hijo al ritmo de la música.
También aparté un tiempo tranquilo con Dios, asegurándome de que mi corazón se llenara de verdad… y de la fuente correcta.
Curiosamente, este fin de semana me resultó mucho más fácil tener paciencia y sentir alegría. Pude reírme a carcajadas con mis hijos, porque cuando los adultos juegan al escondite, siempre hay alguna parte del cuerpo que queda a la vista.
En resumen, no fue una mala manera de pasar el fin de semana para una mamá un poco agotada. Ahora, pásame la cinta adhesiva, ¿sí?
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