4 maneras de mejorar la comunicación en tu matrimonio
Antes de que nos casáramos, parecía que todo el mundo tenía algún consejo que darnos. Si bien parte de lo que escuchamos era un poco ridículo, la frase más común que escuché fue: «La comunicación en el matrimonio es clave».
Me encantó esta respuesta. Mi prometida y yo conversábamos por teléfono por horas, y ninguno de los dos quería ser el primero en decir buenas noches. Obviamente, éramos expertos en comunicación. Si esa era la clave, estaba seguro de que todo estaría bien.
Después de la boda, no es que de repente dejáramos de hablarnos, pero nuestra nueva vida trajo nuevos temas. Las conversaciones, que antes estaban llenas de sueños y esperanzas para el futuro, se transformaron en conversaciones sobre horarios, cuentas y planes para la cena. Físicamente, estábamos juntos más que nunca. Sin embargo, unos meses después de casarnos, recuerdo sentirme un poco estafado: ¡Nos conectábamos más antes de casarnos! ¿Qué había pasado?
Comunicación matrimonial: ¡Pero si conversamos todo el tiempo!
Si contáramos el número de palabras que nos dijimos antes del matrimonio versus después, la etapa posmatrimonial ganaría. «Conversábamos» todo el tiempo. Nuestro problema no era que no estuviéramos conversando, sino de qué estábamos conversando.
Nuestras conversaciones se habían convertido en un flujo interminable de informes de estado. Se intercambiaba información, pero no había profundidad, ni aumento en la intimidad. Nuestra comunicación matrimonial se volvió superficial y también lo fue nuestra relación. Si queríamos mejorar, necesitábamos reconocer que no toda comunicación es igual. Nuestras conversaciones tenían que ser más profundas.
Aquí tienes cuatro cosas que aprendimos.
1. Enfrenta el temor.
Había un tema que sabíamos que generaría conversaciones profundas, pero que también tenía el potencial de destruir la relativa paz que estábamos experimentando: ¿A qué iglesia asistiríamos?
Mi esposa creció siendo profundamente católica. Yo era apasionadamente protestante. Habíamos llegado a un entendimiento teórico de lo que haríamos antes de casarnos, pero ahora necesitábamos encontrar una iglesia en la que ambos pudiéramos ser felices. Cada vez que intentábamos conversarlo, la conversación se degradaba y llegábamos a un punto muerto. Así que, en lugar de eso, conversábamos sobre todo excepto sobre lo único que estaba más presente en nuestras mentes.
Algunas conversaciones sacan a relucir profundas convicciones y emociones. Otras están empapadas de la historia de nuestras familias de origen y nos obligan a desafiar suposiciones y expectativas arraigadas. Cualquiera que sea el caso, aprendemos con el tiempo que, para mantener la paz, algunos temas deben evitarse.
Pero las parejas que tienen paz sin intimidad no son más que compañeros de cuarto. Si queremos mejorar la comunicación matrimonial, necesitamos tener la valentía de conversar sobre algo más que horarios, cuentas o los niños. Debemos atrevernos a conversar sobre los temas «prohibidos».
Adoptamos esta regla: Si es lo suficientemente importante para pensarlo, es lo suficientemente importante para conversarlo. Es cierto que la conversación podría no ser agradable, pero la intimidad requiere que compartamos lo que realmente está sucediendo dentro de nosotros.
2. Busca el momento adecuado.
Otra forma en la que tendemos a evitar las conversaciones profundas es a través de la actividad. Cuanto más ocupados estamos, más fácil es evitar ciertos temas. Es increíble lo productivos que podemos ser cuando intentamos evitar algo. Trabajar, estudiar, limpiar, viajar o cuidar a los hijos de un amigo son cosas buenas. Pero las cosas buenas pueden volverse malas cuando te impiden hacer las cosas más importantes.
Aproximadamente seis meses después de nuestro matrimonio, ninguna cantidad de distracciones pudo impedirnos darnos cuenta de que aún no habíamos ido a la iglesia. Ambos estábamos acostumbrados a ir todas las semanas y ahora… nada.
Mi esposa fue la primera en sacar el tema. «No podemos seguir así. Necesitamos encontrar una iglesia».
Afortunadamente, ella encontró el momento adecuado para decírmelo: en privado, con el televisor apagado y cuando podíamos darle al tema la atención que merecía. A menudo, las conversaciones delicadas fracasan, no por malicia o malas intenciones, sino simplemente porque elegimos un mal momento. Si necesitas tener una conversación profunda, elimina tantas distracciones como te sea posible y asegúrate de que ambos estén bien descansados. Comenzar una conversación después de que la cabeza de tu cónyuge ha tocado la almohada generalmente no saldrá bien.
3. No intentes ganar.
Nuestra tendencia natural en situaciones como estas es intentar probar por qué nuestra manera es la correcta y la de la otra persona es incorrecta. Ya sea que seamos del tipo que discute con lógica, emociones o con un flujo de palabras tan largo que nuestro oponente se rinde por puro agotamiento, el resultado es el mismo. Si logras ganar, significa que tu cónyuge perdió.
No podíamos seguir como estábamos. Pero, ¿cómo podríamos encontrar una iglesia con la que ambos estuviéramos de acuerdo? No puedes transigir cuando se trata de tus convicciones. O encontrábamos una manera de que ambos ganáramos, o ambos perderíamos.
Pasamos horas conversando sobre el tipo de iglesia que cada uno de nosotros esperaba encontrar. No intentamos convencernos el uno al otro de nada. Nuestro pensamiento guía fue: «Te amo, y si puedo entender mejor por qué esto es importante para ti, podría volverse más importante también para mí. Cuéntame más. Ayúdame a entender».
La buena comunicación matrimonial significa que luchas contra el problema, no contra tu cónyuge.
4. Encuentra tus necesidades centrales.
A veces ni siquiera sabemos por qué queremos lo que queremos. Por lo tanto, intentar explicárselo a otra persona se siente imposible. Nos enfrascamos tanto en los problemas superficiales que perdemos de vista lo que es importante. Pero la buena comunicación matrimonial comienza por saber qué es lo que quieres comunicar. Explorar tus «porqués» no solo ayuda a tu cónyuge a entenderte, sino que te ayuda a entenderte a ti mismo.
Nuestra conversación comenzó en un nivel tan alto que ni siquiera entendíamos por qué estábamos luchando. ¿Católico versus protestante? Eso era demasiado amplio. ¿Qué de cada uno era lo que realmente nos importaba? ¿Era la teología, la liturgia, la comunidad o simplemente la arquitectura de los edificios? ¿Cuáles eran las áreas en las que estábamos de acuerdo?
También fue importante para nosotros no intentar comunicar cada deseo en una sola sesión. Lo que queríamos estaba compuesto por una compleja mezcla de convicciones teológicas, expectativas familiares, y hábitos y preferencias personales. Al final, gran parte de lo que inicialmente pensamos que era importante resultó no ser esencial, y coincidimos en mucho más de lo que creíamos posible. Una vez que tuvimos una mejor idea de lo que era importante para nosotros individualmente, definimos lo que era importante para nosotros como pareja y avanzamos como un equipo. Luego hicimos una lista de posibles iglesias y comenzamos el proceso de visita.
La comunicación matrimonial es clave
Después de unos meses de visitar iglesias, llegamos a una que ambos podíamos llamar nuestro hogar. Esas conversaciones iniciales fueron difíciles, pero estoy agradecido de que las tuvimos. Nos ayudó a saber que ninguna conversación debe estar fuera de límites. Si enfrentamos nuestro temor, nos ocupamos de entender nuestras necesidades, encontramos el momento adecuado y luchamos contra el problema en lugar de luchar entre nosotros, podemos conversar sobre cualquier cosa, tal como lo hacíamos cuando éramos novios.
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