¿Qué hace que una mujer sea significativa?
¿Cómo se ve una «mujer piadosa»? ¿Cómo puede una mujer cumplir el propósito eterno para el cual Dios la creó? Afortunadamente, la Palabra de Dios nos da las instrucciones que necesitamos; también nos presenta varios modelos a seguir: mujeres que ilustran lo que significa caminar con Dios y ser usadas por Él. Uno de mis modelos bíblicos favoritos es María de Nazaret. En su vida he encontrado una gran riqueza de sabiduría para mi propio caminar con Dios. Su historia ilustra muchas de las características de la clase de mujer que Dios usa para cumplir Sus propósitos redentores en nuestro mundo.
María era una mujer común
No había nada particularmente inusual en María. No provenía de una familia rica o ilustre. Cuando el ángel se apareció a esta joven adolescente, ella estaba comprometida para casarse y, sin duda, estaba haciendo lo que hacen las muchachas comprometidas: soñar con casarse con José, con el hogar donde vivirían, con la familia que tendrían. No creo que ella esperara que su vida fuera usada de una manera extraordinaria.
La trascendencia de la vida de María no se basó en ninguna de las cosas que nuestro mundo valora tanto: antecedentes, belleza física, inteligencia, educación, dones o habilidades naturales. Fue la relación de María con Jesús lo que le dio significado a su vida.
Independientemente de lo comunes o «no calificadas» que podamos ser, todas nosotras, como hijas de Dios, podemos caminar con Él y ser usadas por Él, no porque seamos inherentemente significativas, sino debido a nuestra relación con Cristo. Nuestra verdadera identidad no se encuentra en un trabajo, un cónyuge, un hijo, una posición o una posesión. Es nuestra conexión con el Señor Jesucristo lo que da valor y significado a nuestras vidas y nos hace útiles en Su reino.
María era una mujer pura
Aunque creció en una comunidad famosa por su corrupción moral, era virgen. Sin duda, muchas de las compañeras de María no se habían mantenido puras. Pero cuando Dios estuvo listo para enviar a Su Hijo al mundo para llevar a cabo Su plan eterno de redención, Él eligió colocar la simiente de Su Hijo en el vientre de un vaso puro. Seleccionó a una mujer que no había cedido al atractivo del mundo, sino que se había guardado para el uso del Maestro.
En un mundo que ostenta la perversión y se burla de la pureza, las mujeres de Dios deben estar dispuestas a ir contra la corriente: a caminar en pureza y a enseñar a sus hijas la importancia y el valor de un compromiso con la virtud personal y moral.
Tal vez tú estés cosechando las bendiciones y los beneficios de un compromiso de por vida con la pureza personal. Por otro lado, quizás tú vivas con un profundo sentimiento de pérdida y pesar por haber tomado malas decisiones. Tal vez sientas que Dios nunca podrá usarte porque no te has mantenido pura. La maravilla de la gracia de Dios es que Él puede y restaurará la pureza a aquellas que vienen a Él con contrición y arrepentimiento genuino. Él no puede restaurar la virginidad que sacrificaste, pero por Su gracia, puede restaurar la verdadera virtud.
María era una mujer inmerecedora
Dios no escogió a esta joven porque fuera digna del honor de ser la madre del Salvador. El ángel le dijo a María: «¡Salve, muy favorecida!» (énfasis añadido). Esa frase podría traducirse como: «tú que eres aceptada por gracia». Si alguna de nosotras es aceptada por Dios, será por gracia, no por algo que hayamos hecho.
Todo es por Su gracia. Una y otra vez en la Escritura, vemos que Dios elige a personas que no lo merecen. Dios no miró desde el cielo y dijo: «Veo a una mujer que tiene algo que ofrecerme; creo que la usaré». María no merecía ser usada por Dios; por el contrario, ella se maravilló de la gracia de Dios al escogerla.
En el momento en que dejemos de vernos como instrumentos que no merecen nada, lo más probable es que dejemos de ser útiles en la mano de Dios.
María era una mujer elegida
Fue elegida por Dios para una tarea de significado eterno: dar a luz la vida del Hijo de Dios. Hay un sentido en el que Dios nos ha elegido a todas para una tarea similar: dar a luz vida espiritual. Jesús les dijo a Sus discípulos: «Ustedes no me escogieron a mí, sino que Yo los escogí a ustedes, y los designé para que vayan y den fruto, y que su fruto permanezca» (Juan 15:16, NBLA).
Creo que hay un sentido especial en el que Dios nos creó como mujeres para ser portadoras y fuerza impulsora de vida. Ya sea que Él nos conceda o no hijos físicos, Él quiere usarnos para llevar la vida y la luz de Jesús al mundo, para ser reproductoras espirituales, dando a luz Su vida en las vidas de otros.
Podemos mirar a ciertas personas prominentes o inusualmente dotadas y pensar que han sido elegidas de forma única por Dios. El hecho es que, si eres una hija de Dios, has sido elegida por Dios para una tarea de significado supremo: ser portadora y nutricia de vida espiritual al llevar la vida del Señor Jesús a los demás.
Una vez que ves tu vida de esa manera, nunca más tendrás un problema de «autoestima». Muchas mujeres hoy llevan cicatrices de rechazo de padres, cónyuges o amigos que las han despreciado. ¡Qué alegría descubrir que, aunque merecíamos ser rechazadas por Dios, hemos sido elegidas para pertenecerle a Él y ser parte de Su plan redentor en el universo!
María era una mujer llena del Espíritu
Nosotras también debemos ser llenas del Espíritu si queremos cumplir el propósito para el cual Dios nos ha elegido. Cuando el ángel le dijo a María: «Vas a tener un hijo», María respondió: «¿Cómo será esto? ¡Nunca he estado con un hombre!». Dios la había elegido para una tarea humanamente imposible.
La tarea para la que Dios te ha elegido a ti y a mí no es menos imposible. Tú puedes compartir el evangelio de Cristo con tus amigos perdidos, pero no puedes darles el arrepentimiento y la fe. Tú puedes proporcionar un clima que sea propicio para el crecimiento espiritual de tus hijos, pero no puedes hacer que ellos tengan un corazón para Dios. Dependemos totalmente de Él para producir cualquier fruto de valor eterno.
En respuesta a la expresión de debilidad e insuficiencia de María, el ángel le prometió la fuerza y la suficiencia de Dios: «El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra» (Lucas 1:35, NBLA). En el Antiguo Testamento, El Elyon era Dios Altísimo, el Creador del cielo y de la tierra.
No puedo empezar a contar cuántas conversaciones he tenido con el Señor que suenan un poco como el intercambio de María con el ángel. El Señor me da una tarea y yo respondo: «Señor, ¿cómo puede ser esto? Yo no puedo hacer esto. Hay otras personas mucho más calificadas. No estoy preparada. No estoy lista. Estoy muy cansada. Soy tan débil. No sé lo que estoy haciendo». Él responde simplemente: «Lo sé. Por eso te he dado el Espíritu Santo. El Espíritu Santo te capacitará, y Mi poder te cubrirá con Su sombra a ti y a tu debilidad».
Nunca olvides que tú no puedes hacer lo que Dios te ha llamado a hacer. Tú no puedes criar a ese hijo, amar a ese esposo, cuidar a ese padre anciano, someterte a ese jefe, enseñar esa clase de la Escuela Dominical o liderar ese estudio bíblico en grupos pequeños. Dios se especializa en lo imposible, para que, cuando se gane la victoria y se complete la tarea, no podamos atribuirnos ningún mérito. Otros saben que nosotras no lo hicimos, y nosotras sabemos que no lo hicimos.
Siempre debemos recordar que solo podemos vivir la vida cristiana y servir a Dios a través del poder de Su Espíritu Santo. Tan pronto como pensamos que podemos manejarlo por nuestra cuenta, nos volvemos inútiles para Él. Tenemos que estar dispuestas a quitarnos del medio, dejar que Dios tome el control y dejar que Él nos cubra con Su sombra.
María era una mujer disponible
Equipada con las promesas de Dios, la respuesta de María fue simplemente: «Aquí tienes a la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra» (Lucas 1:38, NBLA). En otras palabras: «Señor, estoy disponible. Tú eres mi Maestro; yo soy Tu sierva. Estoy dispuesta a ser utilizada como Tú elijas. Mi cuerpo es Tuyo; mi vientre es Tuyo; mi vida es Tuya».
En el acto de rendición, María se ofreció a Dios como un sacrificio vivo. Estuvo dispuesta a ser utilizada por Dios para Sus propósitos. Estuvo dispuesta a soportar la pérdida de reputación que seguramente vendría cuando la gente se diera cuenta de que estaba embarazada, dispuesta a soportar el ridículo e incluso la posible lapidación permitida por la ley mosaica, dispuesta a pasar por nueve meses de creciente incomodidad y falta de sueño, dispuesta a soportar los dolores de parto. María estuvo dispuesta a renunciar a sus propios planes y agenda, para poder unirse a Dios en el cumplimiento de Su agenda.
Este debería ser el clamor del corazón de toda mujer de Dios: «Soy Tu sierva. Estoy disponible».
- «¿Quieres que me case? Me casaré».
- «¿Quieres que permanezca soltera? Permaneceré soltera».
- «¿Quieres que tenga hijos? Criaré hijos para Tu gloria».
- «¿Quieres que no tenga hijos? Entonces seré una reproductora de fruto espiritual en las vidas de otros».
- «¿Quieres que viva en una casa pequeña y abarrotada? ¿Quieres que sufra con una aflicción física? ¿Quieres que eduque a mis hijos en casa? ¿Quieres que ame y sirva a este esposo con quien es tan difícil convivir? ¿Quieres que tome bajo mi protección a esa joven y la guíe en Tus caminos? ¿Quieres que renuncie a mi tiempo libre para dar tutoría a ese niño de un hogar desestructurado? ¿Quieres que lleve comidas a esa vecina malhumorada que está enferma? ¡Señor, lo que sea!».
- «Soy Tu sierva. Hágase conmigo conforme a lo que has dicho».
Extracto de Biblical womanhood in the home, editado por Nancy DeMoss Woglemuth. Copyright © 2002, páginas 65-71. Usado con permiso de Crossway Books, un ministerio de Good News Publishers, Wheaton, Illinois 60187. Descarga solo para uso personal.